La repartidora

Hacía tiempo que no me traía nada. Creía que ya no trabajaba en ese bello oficio de saltarse semáforos y llevar comida a domicilios. Pero hace un rato abrí la puerta y allí estaba. La joven de pelo castaño con su casco integral en el codo y su bandolera rastafari. No la esperaba. Ella trabajaba en una pizzería y yo había pedido kebab. La verdad, no le pega estar un sábado por la noche trayéndome comida. Su sitio sería cualquier plaza rodeada de amigos y pipas. No conozco su historia, pero no tiene buena pinta. Repito. Más o menos veinte años, pelo rizado, alta y rápida con el cambio. Siempre le doy propina. Esta vez poca, pero antes de que volviera al ascensor no me pude resistir. Oye, ¿tú eres la que trabajaba en el Sloopy?

Me dijo que si y se le dibujó una sonrisa. A mi otra. El kebab estaba buenísimo.

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