Las manos al cantar

Rick Astley tiene cara de buena persona. Canta con gracia y el videoclip de Never gonna give you up es fetén. Se desarrolla en varias estancias. Una es un bar que parece estar cerrando a tenor de las sillas sobre las mesas y el camarero limpiando vasos. A Rick, en ese espacioso local comercial, le acompañan dos mujeres que fueron figurantes en Grease. En otra escena, soleada y me temo que en un aparcamiento de supermercado, esas féminas visten colores vistosos y son amigas de Marisol. No salen cuando Rick canta con gabardina larga en lo que debe ser la escena de un crimen. Quizá los bajos de un puente europeo donde los vagabundos beben vino y las parejas finalizan sus paseos por la noche. Allí Rick sonríe y se contonea como él sabe. Centrando la atención en su tupé pelirrojo: la marca de la casa. Pero lo más importante no es eso. La clave de su éxito ochentero es cómo mueve las manos al cantar. Parece que boxea flojito o mueve los mandos de una excavadora en una obra. Podría hacer, si tuviera agujas de punto, una bufanda para el invierno. Son tres minutos y medio de incesantes zarandeos que contagian al resto del cuerpo. Es una cosa que no se puede aguantar de bonita.

La favorita

He visto tantos ojos y gastado tantas hojas que ojalá no fuera esto otro tren que se va. No sé qué digo pero sí porqué lo digo. Digamos que empezó como nunca y acabó como siempre. Que las fuerzas que me da verme reflejado en su copa calientan más que esas horrendas estufas de butano y metal. Me contó cosas que no sabía y supe que quería saberlo todo de ella. Su poeta favorito, la marca de sus cereales y de qué color tiene las Converse. Conversamos un tiempo que siempre me parecerá corto. Pinceladas en el lienzo de la noche del sábado. Pisadas hacía casa casi obsesionado. Casi ilusionado. Casi con ganas de ganar. Esta noche sí toca soñar.