Enredados

Lamento que no me entienda;
pero voy por la merienda,
pues yo hasta que no meriendo
no acostumbro a soltar prenda.
Angelina o el honor de un brigadier


Pasaban de las 20:30 y me acordaba de la merienda aún. Aún. Quizás por tu cara de doo wap o quizás no. Que lo digan los árboles de San Telmo o las butacas del Lope de Vega. Y si ellos no pueden, le preguntamos al envase de salsa tártara de las deluxe o a las muecas de los cojines de la siesta. Alguien sabrá (digo yo...) porque me sabes a merienda en el patio y a bigote de Nesquik. Las cortezas del pan bimbo en paro piden su sitio. Memoria histórica para ellas y el olvido a las que las ha relegado el pan de molde sin corteza. Un paraíso blandito y blanco impoluto que se acuesta con el york y el tranchete para levantarse entre tripas y corazón a la digestión siguiente. Alumbraba el brigadier el patio de butacas mientras no se le movían las canas. El crujir de gafas musitaba vida entre rayas y caricias. Señoras mayores que van al teatro en modo lésbico hablaban con mujeres acomodadoras que se saben los diálogos de memoria mientras pandillas de alternativos leen fichas artísticas y el narrador informa de la cuenta atrás. Un capricho para ti y otro para mi. Que hoy está barato darse el gusto. Que callejón sobra y espacio falta: enredados.

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