Música para las heridas

Me viene mejor mi iPod que el Betadine para curarme las heridas. Cicatrizan mejor cuando voy con los cascos puestos en el cercanías o camino del estadio. Duelen menos cuando me hablan sus letras. Cuando las notas hacen acarician mis brechas suavemente. Haciéndole cosquillas a los glóbulos rojos. Estas heridas no se ven, a menos que las mires a través de mis ojos. Estas heridas que tengo (aunque tú no lo sepas) las noto menos si no las escucho retorcerse en mi cabeza. Lo peor es que la mayoría de ellas son autolesiones. Paranoias, incertidumbres que se me clavan, dudas terribles sobre cosas maravillosas, cobardías que he ido acumulando con los años, resoplidos tras derrotas y un enorme charco de etcéteras.
Estas secuelas duelen, pero 17 minutos de Krahe me valen para saber que el tiempo sanará mi mayor herida. Siguen doliendo, pero se quedan en rasguños cuando la guitarra eléctrica de Uoho hace un solo infinito camino de mi portal. Y casi se me olvidan si me suena Silvio antes de escribir esta entrada. Me toco el costado y siento aún el puñal atravesado, pero Xhelazz me lo saca para que pueda seguir respirando un ratito más. Lo que dure el track. También noto como brota sangre y empapa mi camisa de pensamientos, a pesar de que retumbe Duo Kie bajo la fría ducha.
Mis artistas favoritos a veces me dan una prórroga para saber si llegará el final feliz soñado o me quedaré sin sangre en medio de tu batalla. Ellos me tienen enchufado por respiración asistida a su música, pero yo busco otro enchufe. Uno que no me cobre batería y que me dé los buenos días.

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