La caña ¿equivocada?

Hoy te cuento una historia. Un resumen extraño y metáforico de mi verano. Un buen verano. Yo la estoy releyendo mientras la escribo y no entiendo muy bien lo que pone, así que si comprendes algo, dímelo.

Entregaba el último examen y la ilusión por el verano que empezaba me hizo comprarme una caña. Rompí la hucha y gasté todos mis recuerdos en pagarla. Me la hice a medida. El verano pasado fue el peor de mi vida y no podía permitir pasar otras vacaciones sin pescar... o por lo menos, sin intentarlo. Así que fui a la tienda y pedí una que atrapara todo tipo de especies. Elegí el color, el tamaño, el tipo de hilo, los anzuelos,... Una caña única que pescara como las demás. No me importaba el precio, pero la quería eficaz. La caña que había usado durante la primavera me había salido magnífica, pero no me valía para el periodo estival. Por ello, fui al mismo sitio y pedí otra igual, pero para el verano. El dependendiente me la dió y me dijo que era lo mejor que tenía. Que la probara una noche, y si no me satisfacía, la podía devolver. Salí exultante de la tienda dispuesto a montarle el hilo en casa y probarla esa misma noche. La primera noche despues de los exámenes. Todos los peces en el agua preparados para morder mi anzuelo. La limpié, le puse el mejor cebo que tenía y salí a usarla. El resultado fue magnífico. Pesqué un pez extranjero que casi no opuso resistencia, pero lo devolví al río (latino) por compasión. Los primeros días con la caaña fueron fantásticos. Todo tipo de peces cayeron en mis viejos anzuelos.
Una vez estaba probada su eficacia, decidí llevármela de viaje. 5 días de pesca en las islas. Cantidad de peces de todas nacionalidades y un equipo de 7 pescadores (algunos sin licencia) preparados para el combate. Pero la caña no funcionó del todo bien. Pesqué algo, porque allí era imposible irse sin pescar. Los peces se te subían al barco y se hacían los muertos. Volví del viaje enfadado conmigo y con el vendedor de la maldita caña. No terminaba de averiguar porqué la caña funcionaba cada vez peor. Llegué a mi casa malhumorado y repensándome todas mis técnicas pesqueras. Eso ocurrió en la primera mitad de Julio.
Algunas noches más tarde en la playa, contaba mi problema con la caña a un amigo. Estábamos sentados en una muralla con un poco de alcohol para recordar. De repente, la caña se puso en pie y lanzó el anzuelo sola. No vi donde cayó, pero una amiga mía tuvo el detalle de ir a buscar el final de mi hilo. Volvió sonriente con un pez precioso enquistado en su punta. Yo lo liberé, y cuando creía que lo tenía a mi merced, se me escurrió entre las manos y lo perdí de vista. Me acosté esa noche aún más contrariado. Furioso por mi poca destreza con las artes de la pesca y tranquilo por haber visto que tipo de especies atrapa mi caña.
Ahora tengo dos opciones. Devolver la caña y comprarme una como la que tienen todos. Una que coja lo normal en cantidades aceptables o seguir probando esta. Una caña extraña que cambia de objetivos según el día y que tiene la intención de dejarme aturdido y feliz ahorcado por sus hilos. Además, creo que la garantía ya ha expirado. Por ello y porque por algo la elegiría mi subconsciente, digo yo. Me parece que me volveré a hacer caso y me quedaré resignado con mi torpe y única caña. Con mi caña a los pies de la cama. Esperando que pique el pez con el que sueño todas las noches.

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