Cómo escribir una crónica sin decir nada

Columna de Tomás García de la Plaza. No hace falta que yo opine nada porque no se puede tener más razón.

El estadio está lleno hasta la bandera. No cabe un alma. Ambiente de gala en el graderío. La afición, el jugador número doce. El miedo escénico. La banda de música anima los prolegómenos del encuentro. Los jugadores realizan ejercicios de calentamiento a las órdenes del preparador físico. Juega el líder contra el farolillo rojo. David contra Goliat. Todo listo para que comience el partido. Los jugadores saltan sobre el terreno de juego. Las espadas están en todo lo alto. Los capitanes se saludan en el centro del campo. El colegiado lanza la moneda al aire. Posa el once inicial de cada equipo ante los reporteros gráficos. Ruge la afición que abarrota las gradas. Se masca la tensión. Será un partido decisivo. Vital para uno y otro equipo. El campeonato está en juego. Y la permanencia.
Once contra once. Cualquier cosa puede pasar. La suerte está echada. El césped se encuentra en inmejorables condiciones para la práctica del fútbol. Temperatura primaveral. Regresa Martínez después de más de tres semanas en el dique seco. Schuman y García, apercibidos. Ataca el cuadro local. Primeros minutos de presión asfixiante. Gran testarazo de Antúnez que se marcha rozando el larguero. El rival está tocado. Hay tardes que nada te sale y todo te perjudica, y para colmo, el contrario está bendecido. Tanto iba el cántaro a la fuente que se rompió y el uno a cero ya campea en el marcador. El equipo local abre la cuenta. El delantero centro fusiló al portero a bocajarro. A punto está de marcar el segundo. Pero el balón le hizo un extraño al mediapunta. El equipo visitante no consigue crear juego ni colocar el balón entre los tres palos. No hilvana jugadas. Además, le perjudica el golaverage. El cerebro del colista sufre una micro rotura fibrilar. Abandona el campo entre gestos de dolor. Un equipo es como un buen reloj: si se pierde una pieza todavía sigue siendo bonito, pero ya no funciona igual. Otro disparo lamiendo el palo. A los visitantes les salva la campana. Acaba la primera mitad con victoria mínima del cuadro local que se marcha satisfecho hacia el vestuario. La presión y el buen juego realizado por el equipo han privado a su rival de nivelar la contienda. No hay mejor forma de llegar al descanso, con un gol favorable en el tanteador. Pero hasta que no suene el pitido final nada está perdido. El partido dura noventa minutos. Hasta el rabo todo es toro. La opera no termina hasta que la señora gorda deja de cantar.
Se reanuda el encuentro sin cambios en ningún equipo. El conjunto visitante reacciona y acosa incesantemente la meta contraria. El míster les ha leído la cartilla en el vestuario. Parece otro equipo. No se les había olvidado jugar al fútbol. Se barrunta la igualada. Y llega gracias al ímpetu de Uría, que agarra un zurdazo impresionante que entra como un obús por la escuadra. Un disparo completamente imposible de alcanzar para el guardameta, que hizo el don Tancredo. La cara del arquero es un poema. Uría tiene un guante en la bota. Es que ya no hay enemigo pequeño. Todo el mundo sabe jugar al fútbol si le dejas cinco metros de espacio. Hoy en día el fútbol está muy igualado. Los últimos quince minutos son agónicos para el cuadro local. Peligrosas acciones con marchamo de gol. Disparos rozando el poste. El público pidiendo la hora. Un final no apto para cardiacos. El encuentro está en su momento más álgido. Los visitantes se han venido arriba e intentan dar la vuelta al marcador. Es un toma y daca constante. Pueden anotar el gol decisivo en las postrimerías del encuentro. ¡Sabino, a mí el pelotón, que los arrollo! Jugada polémica en el área local. El colegiado no considera la acción punible y no señala la pena máxima. Acusan al delantero de haberse tirado a la piscina y se organiza una monumental tangana en el centro del campo. Llueven las almohadillas desde el graderío. Se queman los últimos cartuchos. Centros a la olla. Defensa numantina. Ataque feroz. Pitido final. Tablas en el marcador. El local, al final, ha salvado los muebles. Los jugadores se dirigen al túnel de vestuarios. No pudo ser. Hay una gran cantidad de factores que determinan el juego. Fútbol es fútbol. No ha habido suerte en las internadas. Los tres palos estaban aliados con el otro equipo. El árbitro era el jugador número trece. Les ha beneficiado. Estaba ciego. No hay enemigo pequeño. El fútbol es así. Ha sido un partido muy igualado. Hay que seguir trabajando. No se nos dieron las cosas. En el fútbol, ganar siempre es bueno. El empate no favorece a ninguno. Los goles no se merecen, se hacen. El conservadurismo y el aburguesamiento conducen a la mediocridad. El fútbol es cosa de hombres. Hay que saber aguantar la presión. Es la grandeza y la miseria del fútbol.

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