El espíritu de Cai...

Mientras bajaba las escaleras del reformado estadio pensaba en como sería este año la noche por excelencia de mi bahía favorita. Entre tanto pensamiento llegué a la gran avenida y enfilé el paseo que me quedaba hasta los 75 centilitros de DYC que me esperaban delante de la Reina Victoria. Pero antes de evadirme de la realidad quise hacerle una visita a una lúgana que tuve la suerte de conocer en mis tiempos de primerizo universitario. El arte que desprende se merecía dar un rodeo hasta los aledaños de un cartel luminoso rojo de cuyo nombre no quiero acordarme. Tras interrogar a toda una fila de mujercitas que hacían cola para hacer sus necesidades, volví a mirar hacia todos sitios. No había manera de encontrarla, así que desistí y me fui hasta mi trozo de arena. (Al día siguiente vería a través del Tuenti que lugar ocupaba. Seguramente pasé a pocos metros y no la vi).
Cuando creía que el esparto de mis zapatos me desgastaban por completo las plantas de los pies llegué a mi lugar de destino. Allí, en torno a una decena de personas me saludaron efusivamente y me instaron a empezar con el consumo de grados de alcohol. Y así hice. En unos 40 minutos logré beberme la cantidad antes mencionada de whisqui. Las consecuencias fueron las de siempre: charla animada y muerte prematura. Por ese orden. No se cuanto aguanté de pie tras la última copa ni a que hora caí desplomado en la arena gaditana. Solo se que dormí a gusto durante un buen rato y que me enterraron hasta la cintura. Me siento orgulloso de las dos cosas: me alegro de poder haber dormido a pesar del ruido y de haber seguido impasiblemente sobado aunque me estuvieran echando arena en todo lo alto. Incomprensible pero cierto. (Por favor: No intenten esto en casa. Bebe con moderación).
Serían las 7 de la mañana cuando un Policía me informó que debía abandonar la playa. Como buen ciudadano que soy le dije que cinco minutos más y que en seguida me levantaba a desayunar. Y asi hice. El madero me dejó un rato más y me tome una entera con Jamón y Aceite en el bar situado en la plazita delante del imponente hotel. Tras haber recargado pilas, me encaminé a la estación de tren. El sol me daba en la cara. Mi felicidad era patente en varios kilómetros a la redonda. Llegó el vagón y me dirigí a mi casa. (Esta historia está basada en un hecho real: realmente dejé media tostada en el plato).

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