Patas

Así le llaman a mi hermano. El que hoy ha cogido el camino hacia Chile por causas aún por esclarecer. Un gran trabajo le espera en el continente de al lado. Y un gran vacío deja en este lugar desde el que aporreo las teclas, mi keli. Hoy que se ha ido y que no se cuando lo volveré a ver, echo fugazmente la mirada hacia atrás para intentar caer en la cuenta de lo importante que ha sido en mi vida. Son demasiados los momentos que he vivido con él como para aquí relatarlos. Además no soy catanoga como para enrollarme punsetamente. Él me ha moldeado. Me ha inculcado sus gustos todo lo que ha podido: SFC, Semana Santa, Carnaval de Cai, Rivaldo, Rock y un sinfín de detalles que hace que la gente me diga que lo idolatro. Yo no tengo culpa de que sea tan eskiso. Tampoco tengo culpa de que en mis mejores recuerdos aparezca él. Se me vienen a la mente dos:
Recuerdo un viaje a Galicia hace más de una década montado en el Mercedes que teníamos con solo tres cassettes: Agila, ¿Dónde jugarán las niñas? y El Vals del Obrero. Extremoduro, Molotov y Ska-P. Ahí empecé a descubrir la música que ahora copa mi iPod y fue gracias a él, dueño de aquellas cintas que sonaron tanto en la ida como en la vuelta y de las que recuerdo gran parte de sus letras. Tampoco puedo olvidar días como el 27 de Abril de 2006. El minuto 100 del SFC-Schalke 04, si soy más concreto. Un gol, un abrazo, un sueño. Todo condensado en un gesto. Abrazo eterno. Como eterno es quién metió aquel gol que desató 15 meses de gloria rojiblanca. Que provocó que tuviera que ir (también con él) a Eindhoven a levantar una UEFA.
Por si no lo saben, se llama Pablo. Por si tampoco lo saben, también le llama Ochoa todo el mundo. ¡Anda, qué coincidencia!

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